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Salud

Cuidados básicos para adultos mayores que viajan

Viajar en verano puede ser una maravilla. También puede convertirse en una pequeña prueba de resistencia cuando hay calor intenso, trayectos largos, cambios de altitud y horarios que parecen hechos para alguien con energía de veinte años.

Para los adultos mayores, disfrutar unas vacaciones dentro de México no implica viajar con miedo ni convertir cada paseo en una expedición médica. Sí conviene, eso sí, preparar algunas cosas antes de salir.

México tiene un territorio enorme y muy diverso. No es lo mismo pasar una semana en Mérida, donde el calor y la humedad pueden sentirse desde temprano, que caminar por San Cristóbal de las Casas, visitar Zacatecas o subir a una zona de mayor altitud en el centro del país.

Los adultos mayores en vacaciones pueden disfrutar perfectamente de playas, pueblos mágicos, ciudades coloniales o visitas familiares. La clave está en adaptar el viaje al ritmo real de la persona, no al programa ideal que alguien diseñó desde una computadora.

Un buen viaje de verano empieza mucho antes de hacer la maleta.

Antes de salir, conviene revisar algo más que la reservación del hotel

Una de las mejores decisiones puede ser tan sencilla como revisar el estado general de salud antes del viaje, sobre todo si la persona vive con enfermedades crónicas.

Diabetes, hipertensión, enfermedad cardiovascular, problemas respiratorios, insuficiencia renal o dificultades de movilidad no impiden necesariamente viajar, pero sí pueden requerir un poco más de organización.

El Instituto Mexicano del Seguro Social ha insistido en distintos materiales de orientación en la importancia de que las personas mayores mantengan control médico regular y continúen sus tratamientos indicados.

Eso aplica también durante las vacaciones.

El viaje no debería convertirse en una pausa de los medicamentos.

Parece obvio, pero entre maletas, cambios de horario y comidas fuera de casa, se olvidan tomas con una facilidad casi ofensiva.

Una estrategia práctica es llevar la medicación necesaria para todo el periodo y algunos días adicionales por si existe un retraso en el regreso.

No estaría de más guardar los medicamentos en su empaque original, especialmente si se viaja en avión.

El calor mexicano merece respeto

En verano, algunas regiones de México pueden alcanzar temperaturas muy altas.

El norte del país suele registrar episodios de calor extremo, mientras que zonas costeras combinan temperaturas elevadas con humedad que hace que el cuerpo perciba todavía más calor.

Los adultos mayores pueden ser más vulnerables a la deshidratación y al golpe de calor debido a cambios fisiológicos relacionados con la edad, menor percepción de la sed o uso de ciertos medicamentos.

Aquí los cuidados familiares empiezan con algo muy poco sofisticado: ofrecer agua con frecuencia.

No esperar a que la persona diga que tiene mucha sed.

Si existe alguna restricción médica de líquidos —por ejemplo, en determinadas enfermedades renales o cardiacas— la cantidad debe ajustarse a la indicación de su médico.

No existe una cifra universal de agua adecuada para todas las personas.

El cuerpo, como casi siempre, se niega a obedecer recetas de internet.

¿Cómo reconocer que el calor está afectando demasiado?

Hay señales que conviene tomar en serio.

Mareo, debilidad intensa, dolor de cabeza, náusea, piel muy caliente, confusión, somnolencia inusual o dificultad para caminar pueden indicar que el organismo está teniendo problemas para manejar la temperatura.

Cuando aparece confusión o pérdida del estado normal de alerta, ya no estamos hablando de “un poco de calor”.

Puede tratarse de una urgencia.

La Secretaría de Salud en México ha recomendado durante temporadas de altas temperaturas evitar la exposición prolongada al sol, mantenerse hidratado y buscar atención si aparecen síntomas compatibles con golpe de calor.

En un paseo familiar, muchas veces la mejor prevención consiste en renunciar al orgullo.

Si alguien dice “ya me cansé”, quizá sea momento de sentarse.

No después de visitar “sólo una iglesia más”.

adultos mayores de viaje

El horario puede cambiar completamente la experiencia

Una caminata por el centro histórico de una ciudad puede ser maravillosa a las nueve de la mañana y agotadora a las dos de la tarde.

En verano, mover las actividades al aire libre hacia las primeras horas del día o al final de la tarde suele ser una decisión inteligente.

Entre aproximadamente las 11 de la mañana y las 4 de la tarde, la radiación solar puede ser intensa, aunque esto varía según ubicación, nubosidad y época.

No hace falta pasar las vacaciones encerrados.

Simplemente conviene reorganizar.

Visitar un museo durante las horas más calurosas y caminar después por una plaza puede ser mejor que hacer exactamente lo contrario.

La diferencia parece pequeña. Para una persona de 70 u 80 años, quizá no lo sea.

El protector solar no es sólo asunto de playa

Hay quien empaca bloqueador únicamente cuando ve arena en el itinerario.

Pero México tiene muchas ciudades de gran altitud donde la radiación ultravioleta también puede ser considerable.

Ciudad de México, Toluca, Puebla, Zacatecas y otras zonas elevadas reciben exposición solar intensa aunque la temperatura no se sienta tan alta.

Usar protector solar de amplio espectro con un FPS adecuado, sombrero de ala amplia, ropa ligera y buscar sombra ayuda a reducir la exposición.

El rostro, las orejas, el cuello y las manos suelen olvidarse.

Y las orejas, pobrecitas, casi nunca son invitadas oficialmente al ritual del protector solar.

Zapatos cómodos: el artículo más subestimado del viaje

Hay decisiones que parecen menores hasta que empiezan a doler.

Un calzado inadecuado puede producir ampollas, aumentar el riesgo de caídas y convertir un recorrido agradable en una prueba de paciencia.

Para adultos mayores en vacaciones, lo mejor suele ser un calzado cerrado o bien sujeto, cómodo, con suela antideslizante y ya utilizado previamente.

Estrenar zapatos el primer día de viaje es una tradición que quizá deberíamos abandonar.

Si la persona tiene diabetes, cuidar los pies cobra todavía más relevancia. Las lesiones pequeñas pueden pasar inadvertidas en personas con neuropatía periférica y complicarse.

Revisar los pies al final del día puede ser una costumbre simple y útil.

Cuidado con los pisos que parecen inofensivos

México está lleno de centros históricos hermosos.

También está lleno de banquetas irregulares, escalones inesperados, calles empedradas y pisos pulidos que, cuando llueve, adquieren ambiciones de pista de patinaje.

El riesgo de caídas aumenta con la edad.

En un viaje conviene observar rutas, evitar caminar con prisa y utilizar bastón o apoyo si la persona ya lo usa habitualmente.

No hay ningún mérito turístico en subir una escalinata difícil sólo porque aparece en todas las fotografías.

Muchas atracciones cuentan con accesos alternativos o recorridos más cortos.

Preguntar no cuesta nada.

Y suele ahorrar bastante cansancio.

Los trayectos largos necesitan pausas

Viajar por carretera puede implicar pasar varias horas sentado.

En adultos mayores, permanecer inmóvil durante demasiado tiempo puede aumentar la incomodidad, la hinchazón de piernas y, en personas con factores de riesgo, favorecer problemas circulatorios.

Durante un trayecto largo por carretera, hacer pausas periódicas para caminar unos minutos puede resultar útil.

En autobús o avión, mover tobillos y piernas desde el asiento también ayuda a evitar rigidez.

Las personas con antecedentes de trombosis, cirugía reciente o problemas circulatorios deberían consultar con su médico antes de viajes prolongados.

Ese tipo de historial cambia las recomendaciones.

Una guía general nunca debería fingir que todos los pasajeros son iguales.

¿Qué conviene llevar en el equipaje de mano?

Aquí sí vale la pena ser un poco meticuloso.

No hace falta montar una farmacia portátil, pero ciertas cosas deberían estar accesibles y no perdidas en una maleta documentada.

Puede ser útil llevar:

  • medicamentos de uso habitual y una lista con dosis;
  • identificación oficial y datos de contacto de un familiar;
  • tarjeta o información del servicio de salud;
  • agua, cuando las condiciones de transporte lo permitan;
  • algún alimento sencillo si hay horarios específicos de comida;
  • protector solar;
  • un buen repelente de mosquitos Off;
  • lentes, auxiliares auditivos o baterías de repuesto si se utilizan;
  • una copia de recetas importantes o información médica relevante.

La lista puede variar mucho.

Una persona con diabetes quizá necesite glucómetro y suministros.

Alguien con cardiopatía tendrá otras prioridades.

Los cuidados familiares funcionan mejor cuando se adaptan a la persona real y no a un adulto mayor imaginario de folleto.

Cambiar de altitud puede sentirse más de lo esperado

Viajar de una zona costera a ciudades altas puede provocar cansancio, falta de aire con esfuerzo o dolor de cabeza en algunas personas.

Ciudad de México se encuentra a más de 2,200 metros sobre el nivel del mar. Toluca supera los 2,600 metros. Zacatecas ronda los 2,400.

Una persona que vive habitualmente al nivel del mar puede notar el cambio.

No necesariamente significa que exista una emergencia, pero conviene moderar la actividad durante el primer día, hidratarse y evitar esfuerzos innecesarios.

Si aparece dificultad respiratoria intensa, dolor en el pecho, desmayo o síntomas graves, la valoración médica no debería esperar.

La altura puede explicar cansancio leve.

No debería convertirse en excusa para ignorar señales de alarma.

Las comidas de vacaciones también necesitan cierta estrategia

Viajar en México y no probar la comida local sería casi un acto de hostilidad cultural.

Tlayudas en Oaxaca.

Cochinita en Yucatán.

Mariscos en la costa.

Birria en Jalisco.

Enchiladas mineras en Guanajuato.

Naturalmente se puede disfrutar.

Los adultos mayores con diabetes, hipertensión o restricciones alimentarias quizá necesiten ajustar porciones, horarios o cantidad de sodio.

No hace falta reducir el viaje a pollo hervido y agua simple.

Una opción es elegir un platillo regional fuerte al día y mantener otras comidas más sencillas.

También conviene evitar largos periodos sin comer si la persona utiliza medicamentos que requieren horarios específicos o si su médico le ha indicado mantener un patrón regular.

Viajar abre el apetito.

La gastronomía mexicana se encarga del resto con una eficacia casi imperial.

adulto mayor en la playa

El riesgo gastrointestinal también viaja

Durante el verano, el calor favorece el deterioro rápido de algunos alimentos.

Conviene tener especial cuidado con preparaciones que han permanecido mucho tiempo a temperatura ambiente, alimentos crudos de procedencia dudosa o agua cuya seguridad no esté clara.

La Secretaría de Salud ha recomendado mantener higiene de manos y precauciones en la preparación y conservación de alimentos, particularmente durante temporadas de calor.

Comer en puestos callejeros no es automáticamente peligroso.

Tampoco comer en un restaurante elegante garantiza inmunidad.

Vale más observar limpieza, cuidar la salud del estómago, rotación de alimentos, refrigeración y condiciones generales.

Cuando una persona mayor presenta diarrea o vómito, la deshidratación puede aparecer con más rapidez.

No conviene minimizarlo si los síntomas son intensos o persistentes.

Dormir bien también forma parte del itinerario

Las vacaciones tienen una costumbre bastante curiosa: queremos descansar llenando cada minuto de actividades.

Desayuno temprano.

Tour.

Museo.

Comida.

Paseo.

Cena.

Espectáculo.

Al día siguiente, repetimos.

Para algunos adultos mayores, una pausa después de comer o regresar unas horas al hotel puede marcar la diferencia entre disfrutar la tarde y sobrevivirla.

No todos necesitan una siesta.

Pero casi todos agradecen cierto margen.

Un viaje de verano funciona mejor si deja espacios vacíos.

El itinerario no tiene que justificar cada peso gastado.

A veces sentarse bajo la sombra de una plaza y ver pasar gente es parte del viaje.

Si se viaja con varios familiares, hay que evitar la sobreprotección

Cuidar no significa infantilizar.

Este punto merece decirse con claridad.

Una persona mayor puede necesitar apoyo con medicamentos, traslados o caminatas y al mismo tiempo querer elegir dónde comer, cuánto caminar o qué visitar.

Los cuidados familiares deberían conservar la autonomía siempre que sea posible.

Preguntar “¿quieres descansar?” suele ser mejor que declarar “ya te cansaste”.

Ofrecer un brazo es diferente a tomar a alguien del brazo sin consultarle.

Parece un detalle de lenguaje.

En realidad es dignidad cotidiana.

Tener ubicado un servicio de salud da tranquilidad

Antes de llegar al destino, puede ser útil saber qué opciones de atención médica existen cerca del alojamiento.

No porque vaya a ocurrir algo.

Precisamente porque quizá no ocurra.

Saber dónde está la clínica, hospital o servicio de urgencias más cercano evita búsquedas apresuradas si aparece un problema.

También conviene revisar la cobertura del seguro médico o del servicio de salud utilizado por la persona.

Si se viaja a una localidad pequeña, la disponibilidad de atención especializada puede ser limitada.

Ese dato puede influir en el destino cuando existen enfermedades complejas.

La aventura es preciosa.

La improvisación médica, un poco menos.

Hay señales que no deberían esperar al regreso

Ciertos síntomas durante el viaje requieren atención.

Dolor intenso o presión en el pecho, dificultad importante para respirar, pérdida del conocimiento, confusión súbita, debilidad de un lado del cuerpo, dificultad para hablar, fiebre alta persistente, signos importantes de deshidratación o una caída con golpe fuerte son motivos para buscar valoración.

Lo mismo si existe una descompensación de una enfermedad crónica.

No conviene pensar “ya mañana, cuando lleguemos a casa”.

En México, el 911 funciona como número nacional para emergencias.

Tenerlo presente es sencillo y puede ahorrar minutos importantes.

Un viaje más lento puede ser un viaje mucho mejor

Quizá el error más común al organizar vacaciones con una persona mayor sea intentar demostrar que todavía puede hacer exactamente lo mismo que todos.

¿Y por qué tendría que hacerlo?

Viajar bien no consiste en acumular kilómetros caminados.

Un adulto mayor puede disfrutar una mañana en un mercado, descansar después, comer tranquilo y visitar un museo por la tarde.

Eso también es viajar.

A veces incluso es viajar mejor.

Los itinerarios excesivos convierten ciudades enteras en una lista de pendientes. Se visita muchísimo y se observa poco.

Para los adultos mayores en vacaciones, reducir el ritmo puede abrir espacio para esas cosas pequeñas que suelen quedarse fuera de las guías: una sobremesa larga, una conversación con alguien del lugar, una banca bajo los árboles, el sabor de una nieve regional.

El cuidado no debería robarle espontaneidad al viaje.

Debería protegerla.

Porque preparar medicamentos, respetar el calor, elegir buen calzado y dejar tiempo para descansar no vuelve las vacaciones más aburridas. Hace algo mucho más valioso: aumenta las posibilidades de que el recuerdo principal sea el destino y no el cansancio.

Y quizá ésa sea la mejor medida para saber si un viaje de verano estuvo bien planeado: regresar con historias que contar, no con la sensación de haber sobrevivido a un itinerario.

 

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